Por: Alexis Ferley Bohorquez.
Quiero comenzar expresando mi solidaridad con los egresados, estudiantes, profesores, administrativos, padres de familia y, en general, con toda la comunidad educativa del Colegio Centro Social de Yopal.
No soy ajeno a lo que significa esta institución para la ciudad. Para muchas familias, el Centro Social no es simplemente un colegio. Allí hay historias, recuerdos, amistades, generaciones enteras que han pasado por sus aulas y, sobre todo, un enorme sentido de pertenencia.
A veces pienso que el Centro Social es una especie de nación sin territorio: tiene identidad, tiene comunidad, tiene historia, pero después de tantos años sigue sin tener una sede propia.
Por eso también celebro que la Alcaldía haya decidido retirar del Concejo el proyecto relacionado con el predio que se venía proponiendo. Si existían dudas jurídicas, urbanísticas o técnicas, lo sensato era detenerse, revisar y aclarar antes de comprometer recursos públicos. Pero justamente ahí aparece una pregunta que, desde mi desconocimiento de todos los antecedentes, considero legítimo formular.
Si el municipio tiene disponibles cerca de $17.500 millones para solucionar el problema de la sede del Centro Social, ¿ese dinero no podría servir, al menos, como punto de partida para intentar comprar la sede tradicional donde hoy funciona el colegio?
Tengo entendido que ese inmueble pertenece a una congregación religiosa.
Entonces surgen otras preguntas, quizá más incómodas, pero necesarias: ¿la Alcaldía ha intentado realmente comprarlo? ¿Ha existido una negociación formal? ¿Hay un avalúo comercial actualizado? ¿La congregación estaría dispuesta a vender? ¿Ha establecido un precio? ¿Se ha comparado cuánto costaría comprar y adecuar la actual sede frente a adquirir otro lote y construir una infraestructura completamente nueva?
Porque, visto desde afuera, parece una posibilidad que por lo menos debería estudiarse con seriedad.
Y aquí quiero hacer un llamado respetuoso a la congregación propietaria del inmueble. Cristo dijo: “Dejen que los niños vengan a mí”.
Nadie puede exigir que una comunidad religiosa done un inmueble. Si económicamente no es posible hacerlo, es perfectamente entendible. Pero sí creo que sería un gesto enorme con Yopal explorar una venta en condiciones razonables, con un valor que permita que ese lugar continúe cumpliendo durante muchos años la función que históricamente ha tenido: educar.
La Iglesia Católica y las comunidades religiosas han tenido históricamente en Colombia un tratamiento jurídico particular y han recibido distintos beneficios y reconocimientos por parte del Estado. Por eso creo que tampoco es descabellado hablar de reciprocidad, de compromiso social y de responsabilidad con las comunidades cuando existe una oportunidad concreta de ayudar a resolver un problema que involucra a miles de jóvenes y familias.
No planteo esto para juzgar a nadie. Pero una comunidad religiosa, que sigue y debe seguir el ejemplo de Cristo, también podría preguntarse cuál sería el destino más altruista para ese inmueble.
¿Que siga sirviendo durante décadas a la educación de miles de niños y jóvenes? ¿O que, una vez el colegio se marche, tenga otro destino, posiblemente económico? Y aquí inevitablemente recuerdo aquella enseñanza del Evangelio sobre el camello y el ojo de una aguja.
Porque no todo puede medirse exclusivamente en avalúos, rentabilidad, metros cuadrados o valor comercial. Hay decisiones que también hablan de principios, de vocación social y de coherencia con la fe que se profesa.
Por eso creo que sería importante conocer públicamente cuál es la posición de la congregación y cuál ha sido la posición de la Alcaldía frente a una eventual negociación.
Antes de que Yopal siga recorriendo la ciudad buscando dónde construir una nueva casa para el Centro Social, ¿por qué no revisar seriamente si su casa de siempre puede convertirse, finalmente, en la casa propia de sus estudiantes y de toda su comunidad educativa?
Quizás la respuesta sea que no es viable.
Quizás el inmueble tenga un valor que haga imposible la negociación.
Quizás existan razones jurídicas, patrimoniales o administrativas que desconozco.
Y si es así, estaré dispuesto a reconocerlo.
Pero si no existen esos impedimentos, creo que la pregunta merece ser puesta sobre la mesa.
La planteo de buena fe, porque después de tantos años creo que todos queremos lo mismo: que el Centro Social tenga por fin una sede propia y que Yopal encuentre una solución definitiva para una institución que hace parte de su historia.
Posdata:
Hay una pregunta adicional que tampoco deberíamos dejar de hacer. Si algún día el Centro Social abandona su actual sede, ¿qué destino tendrá ese inmueble? ¿Seguirá teniendo una finalidad social, educativa, altruista o vinculada con la misión de fe de la congregación? ¿O tendrá un destino completamente diferente?
Lo pregunto porque, si existe la posibilidad de que ese mismo espacio continúe sirviendo a la educación de miles de niños y jóvenes, creo que esa opción merece ser considerada con especial generosidad.
Y si la congregación decide ofrecer un precio especial, facilitar la negociación o incluso donar el inmueble, estoy seguro de que Dios no se va a poner bravo. Al contrario. El bien seguiría cumpliendo una finalidad profundamente humana y, a mi juicio, profundamente coherente con la fe: educar.



