POR Miguel Alfonso Pérez Figueredo
Columnista / Exdefensor del Pueblo / Analista
Me asombré cuando un contertulio ambientalista —de los que no levantan la voz, pero sí la ceja— me dijo en uno de los tinteaderos, que ya no la llaman Corporinoquia. Intenté defenderla: Constitución, técnica, institucionalidad, que la problemática que la aqueja es igual para todas. Me dijo por favor no me interrumpa y se lo explico: “En el discurso oficial, la autoridad ambiental es técnica, en la realidad es política.
Decide sobre el agua, el suelo y los ecosistemas… sin pasar por las urnas.
La Gobernación de Casanare maneja cerca de 0,7 billones. La autoridad ambiental, entre 0,15 y 0,25. No es poca cosa, con una diferencia: el Gobernador se elige popularmente y se controla. El Director de la otra no.
Muchísimos contratistas intermitentes (se calculan entre 300 a 600 los de CPS, podrían ser más), y pocos funcionarios de planta. Su operación termina siendo por contratación. La “institucionalidad” es de papel y por temporadas.
Un mar de normas , y en la práctica, otro mar de decisiones sueltas: ejemplos concesiones de agua sin mirar la cuenca, suelos intervenidos por doquier, uso de plaguicidas sin seguimiento y río abajo, ecocidios con licencia. Súmele el petróleo: capta, vierte, abre vías, fragmenta. Todo generalmente en “regla”. Todo cumplido, todo procrastinándose.
El problema comienza arriba. En los páramos —los que alimentan los ríos de Casanare— el agua allí parece abundante. Mire mejor: frailejones reemplazados por papa, vacas por venados, lavaderos descargando a la quebrada. Donde nace el agua, empieza a dañarse.
Paradoja: la autoridad tiene jurisdicción desde esos páramos en Boyacá y Cundinamarca hasta los ríos de Arauca y Casanare. Es decir, debería ejercer la gobernanza en todo el sistema hídrico. En la práctica, lo administra por partes. Y en el plan, lo de siempre: quemas abiertas cada verano. El llano arde con disciplina improductiva. Como si siguiéramos en otro siglo. Tierra, viento y fuego… pero sin agua. Más cerca de “Earth, Wind & Fire” que de una política ambiental. Y sin agua, no hay nada que sostenga lo demás. Como dicen los llaneros “facultos”: “agua que no se cuida, verano la castiga”.
En este llano “del estero al morichal”, todo está conectado por el agua. Justamente lo único que nadie gobierna como conjunto. Resultado: el páramo se deteriora, el agua se desordena y el llano lo paga. Unos anegan, otros miran. Unos producen, otros reciben los deshechos. La fauna también huye ante este panorama como pensando “ah llano cuando era llano”, y la entidad sin programas serios para proteger la flora, o terecays, toninas y jaguares.
Legalidades que, sumadas , totalizan que nadie gobierna. Ese “nadie” es el Estado ausente para los desfavorecidos. Una autoridad con presupuesto y territorio, sin control político y mucha intermitencia técnica. Fuerte para autorizar, débil para vigilar.
Entonces la pregunta no es: ¿Hay normas? Un mar. Tampoco: ¿Hay entidad misional para ello? Son ellas. La pregunta es: ¿quién gobierna el conjunto? La respuesta nadie y la conclusión: el ambiente se “medio” protege en el papel, y lo que queda realmente es un montón de permisos. Pero la suma de permisos no es gobernanza. Es peor, una forma de “atisbar pa’ otro lado”.
Salí con una conclusión incómoda. El problema no son estas entidades. El problema es que la naturaleza generalmente no cabe en la cabeza de los políticos que mangonean las CAR . La protección del medio ambiente dejo de ser una finalidad estatal, ahora es una excusa para clientelizar el tema., y se abren boquetes para que algunos terminen usándolo a su antojo.
Finalmente me despidió con ironía: —Vaya, e intente sacar un permiso… y después me cuenta por qué la llaman Corromporinoquía.


