Escuchar a algunos candidatos a la Cámara de Representantes produce más preocupación que esperanza. Sus discursos, lejos de evidenciar conocimiento del Congreso, revelan una confusión alarmante sobre el cargo al que aspiran. Hablan como si estuvieran en campaña para una alcaldía o una gobernación: prometen ejecutar, gestionar, resolverlo todo. Pero la Cámara no ejecuta. La Cámara legisla, representa y ejerce control político. Lo demás es ignorancia o engaño.
Resulta inadmisible que quien aspira a una curul desconozca —o finja desconocer— la Constitución y la Ley 5ª de 1992. No se trata de tecnicismos jurídicos: se trata del mínimo democrático. Un candidato que no sabe para qué sirve el Congreso no debería pedir el voto para ocuparlo.
Más grave aún es la ausencia total de identidad partidaria. Los discursos fueron neutros, cómodos, calculadamente vacíos. Nadie fijó postura, nadie asumió una línea ideológica, nadie se atrevió a decir desde qué visión de país legislará o a quién controlará. Un congresista sin postura es funcional al poder de turno y cómodo para la mediocridad legislativa.
La función de representar no consiste en “ayudar” ni en “gestionar proyectos”. Representar es llevar la voz política del territorio al debate nacional, defender intereses regionales con argumentos y confrontar cuando sea necesario. Nada de eso se escuchó.
La función de legislar fue, sencillamente, inexistente. Ninguna propuesta concreta, ningún proyecto identificado, ninguna reforma priorizada. Un aspirante sin agenda legislativa es una curul perdida antes de ser ocupada. El Congreso ya tiene suficientes levantamanos; no necesita más.
Y del control político, ni hablar. No se mencionaron entidades, políticas públicas, contratos ni decisiones que deban ser vigiladas. Sin control político no hay contrapesos, y sin contrapesos el Congreso se convierte en una oficina decorativa del Ejecutivo.
La pregunta final queda en el aire: ¿qué cambia si estos candidatos llegan a la Cámara? Si la respuesta no puede formularse en términos de leyes, debates y control, entonces no cambia nada. Y cuando nada cambia, la política deja de ser representación y se convierte en simple ocupación del cargo.
La Cámara de Representantes no es un micrófono para discursos vacíos ni un trampolín personal. Es una responsabilidad constitucional. Quien no esté dispuesto a asumirla con conocimiento, carácter y posición política clara, debería tener la honestidad de no aspirar.
Por Juan Manuel Naranjo: https://naranyanero1.blogspot.com/2026/01/candidatos-la-camara-perdidos-de-su.html



