POR MAURICIO CHIQUILLO

En un bosque joven y diverso, donde convivían muchas especies distintas, vivían numerosos animales.
El bosque aún tenía frutos y senderos, pero poco a poco comenzaba a perder su abundancia.
Entre sus habitantes vivían una paloma, un tigre y un pavo real.
Cada uno ocupaba su lugar en el bosque y vivía su propio mundo.
No eran animales que caminaran juntos.
La paloma surcaba los cielos, el tigre recorría los senderos y el pavo real habitaba claros tranquilos.
Sus caminos casi nunca se cruzaban.
Pero el destino del bosque pronto los obligaría a encontrarse.
Durante los últimos años, la voz que guiaba al bosque era la de un cucú.
Su canto era dulce y convincente, y muchos animales lo escuchaban porque parecía conocer los secretos del bosque.
Un día reunió a varios animales y les dijo con firmeza:
—Vengan conmigo. Les mostraré un lugar que casi nadie conoce.
Los llevó a un claro escondido donde crecían árboles cargados de frutos.
Los animales se sorprendieron.
Nunca habían visto tantos frutos juntos.
Pero aquellos frutos no habían aparecido por casualidad.
Durante muchas estaciones distintos animales del bosque habían trabajado para cuidar la tierra, proteger los árboles y mantener el equilibrio del lugar. Gracias a ese esfuerzo los frutos crecían allí.
El cucú habló entonces con seguridad:
—Son otros animales los que no quieren que ustedes disfruten de estos frutos.
Ellos los guardan para sí mismos.
Muchos animales comenzaron a murmurar.
—¡Es verdad! —decían algunos—.
Nunca tuvimos acceso a este lugar.
—Siempre nos mantuvieron lejos de aquí.
—Mientras algunos conocían estos frutos, otros ni siquiera sabíamos que existían.
El cucú observó aquel sentimiento y declaró:
—Ha llegado el momento del cambio.
El bosque debe cambiar.
Muchos animales se acercaron a los árboles y comenzaron a probar los frutos con entusiasmo.
Otros, en cambio, miraban con preocupación.
—Si todos comemos de estos frutos sin cuidarlos —advirtieron—, pronto dejarán de crecer.
Pero la insatisfacción comenzó a extenderse entre los animales del bosque.
Con el paso de las estaciones, los frutos comenzaron a escasear.
Y junto con la escasez aparecieron problemas que antes el bosque casi no conocía.
Algunos animales comenzaron a enfermar con facilidad.
Otros se debilitaban.
Los lugares donde los animales heridos solían descansar y recuperarse se llenaron de barro y agua estancada.
Los animales sabios que conocían las hierbas del bosque decían:
—Cuando el bosque pierde su equilibrio, también lo pierde la salud de quienes viven en él.
Al mismo tiempo, muchos animales ya no caminaban con tranquilidad por los senderos.
El bosque se había vuelto un lugar incierto y peligroso.
Pero el cucú conocía bien el ánimo del bosque.
Cada vez que la preocupación crecía, volvía a cantar y a mostrar los frutos.
Sabía que los frutos calmaban el espíritu de muchos animales.
Y mientras los animales comían, su canto endulzaba las preocupaciones del bosque.
Cuando vio que los recursos empezaban a agotarse, el cucú intentó mantener sus promesas.
Reunió nuevamente a los animales y dijo:
—En este bosque hay animales que tienen árboles llenos de frutos.
Ellos deben compartirlos con todos.
Y comenzó a presionar a los animales que cuidaban los árboles para que entregaran parte de sus frutos a los demás.
Muchos animales aplaudieron la idea.
Pero otros preguntaron:
—¿Y quién cuidará los árboles para que vuelvan a dar frutos?
Un día el cucú volvió a reunir a los animales del bosque.
—Ha llegado el momento de que deje este bosque —dijo con seguridad—.
Mi canto ha transformado este lugar.
Luego señaló a la hiena.
—Ella seguirá mi camino cuando yo me vaya.
—Pero para que el bosque continúe como debe, necesito que todos ustedes la apoyen.
La hiena aceptó de inmediato.
Nunca había cultivado nada ni ayudado a cuidar el bosque, pero veía en aquella oportunidad la forma de aprovechar lo que otros habían construido.
Entonces comenzó a recorrer el bosque diciendo:
—El cucú confía en mí.
Cuando él se vaya, yo dirigiré el bosque.
—Habrá muchos más frutos.
Habrá frutos para todos.
Muchos animales se emocionaban al escucharla.
Pero otros empezaban a preguntarse:
—¿Quién sembrará los árboles?
¿Quién cuidará la tierra para que los frutos vuelvan a crecer?
Fue entonces cuando la paloma, el tigre y el pavo real se encontraron.
La paloma habló primero.
—Desde lo alto se ve lo que desde el suelo se olvida —dijo—.
Y desde el cielo he visto cómo el bosque está cambiando.
El tigre respondió:
—Yo también lo he notado.
Los senderos ya no son seguros.
Luego añadió:
—Cuando el orden del bosque se rompe, alguien debe defenderlo.
El pavo real desplegó lentamente sus plumas.
—Ambos tienen razón —dijo con calma—.
Pero el bosque no vive solo de fuerza.
—Un bosque diverso solo vive cuando sus diferencias encuentran equilibrio.
Los tres comprendieron que ninguno podía hacerlo solo.
Y así comenzó su alianza.
Un día el cucú volvió a cantar ante los animales del bosque.
La hiena caminaba a su lado prometiendo abundancia.
Entonces la paloma descendió desde el cielo.
—He visto el bosque desde lo alto —dijo.
El tigre avanzó un paso.
—Yo he recorrido sus senderos.
El pavo real habló con serenidad.
—Y yo he visto cómo el bosque se divide.
La hiena quiso interrumpir:
—Habrá frutos para todos…
Pero el tigre respondió:
—Los frutos no nacen de promesas.
Nacen del cuidado del bosque.
Y del equilibrio de la naturaleza.
En ese momento apareció una abeja que había escuchado todo desde una rama cercana.
La abeja dijo:
—Las promesas pasan.
Las leyes de la naturaleza permanecen.
Sin equilibrio, siempre hay consecuencias.
La paloma, el tigre y el pavo real se miraron.
La paloma aportaba la visión.
El tigre tenía la fuerza para proteger el bosque.
El pavo real recordaba que la diversidad también era parte de su equilibrio.
Entonces comprendieron algo aún más importante:
si no se unían, terminarían perdiendo el bosque.
Y supieron que ahora su tarea sería ayudar al bosque a recordar las leyes de la naturaleza.
Porque solo unidos podrían salvarlo.


