En Colombia, durante décadas, muchas iglesias evangélicas hablaron de “cruzadas de salvación”, “jornadas de oración por la nación” y “misiones espirituales” cuyo propósito era transformar vidas desde la fe, la reconciliación y el servicio comunitario.
Sus templos eran espacios de esperanza para miles de personas que buscaban orientación espiritual, apoyo familiar o reconstruir su vida.
Hoy, sin embargo, parece que en algunos sectores ese escenario está cambiando.
Cada vez es más frecuente observar cómo los púlpitos (tradicionalmente reservados para la predicación del evangelio) se convierten también en plataformas de promoción política.
En varios casos, los candidatos no son solo miembros de las congregaciones, sino hijos o familiares de los propios pastores de grandes iglesias, quienes encuentran en la estructura religiosa una base electoral organizada y subordinada.
La pregunta que surge no es si los creyentes tienen derecho a participar en política (derecho que naturalmente les asiste como ciudadanos), sino si las instituciones religiosas deberían convertirse en instrumentos electorales.
Cuando la fe se mezcla con el proselitismo político, el riesgo es evidente.
El mensaje espiritual puede quedar subordinado a intereses de poder, y la autoridad moral del púlpito puede terminar siendo utilizada para manipular fieles en lugar de orientar vidas.
Durante años, muchos líderes religiosos criticaron la corrupción y la crisis ética de la política tradicional. Paradójicamente, hoy algunos parecen buscar ese mismo escenario que antes cuestionaban.
Vale la pena preguntarse si este fenómeno responde a un genuino deseo de servicio público o si, en ciertos casos, la vocación pastoral está siendo desplazada por la tentación del poder político.
Las iglesias han cumplido un papel importante en el tejido social colombiano: acompañan a comunidades vulnerables, ofrecen orientación espiritual y generan redes de solidaridad. Ese capital moral es valioso y ha sido construido durante décadas.
Tal vez por eso la reflexión que hoy surge en muchos creyentes y ciudadanos es sencilla, pero profunda:
¿qué se pierde cuando el púlpito deja de ser un lugar de guía espiritual para convertirse en una tarima electoral?
El desafío para las iglesias —y para la sociedad— es recordar que la fe puede inspirar valores para la vida pública sin necesidad de convertir los templos en sedes de campaña.
Porque cuando la fe se instrumentaliza para el poder, el riesgo no es solo político.
Wilson Acosta. Preventólogo.



