Durante décadas, en Colombia construir una carrera profesional parecía tener una fórmula relativamente sencilla: estudiar, conseguir un empleo, permanecer en una empresa, ascender y, con algo de suerte, jubilarse después de muchos años de servicio. Era una trayectoria casi vertical, en la que la estabilidad se medía, en buena parte, por el tiempo que una persona lograba permanecer en una organización.
Pero ese modelo está dejando de ser la única ruta.
Los datos recientes del mercado laboral colombiano muestran una transformación que merece más atención de la que normalmente reciben las cifras de empleo y desempleo. A mayo de 2026, la ocupación nacional creció 3,2 % anual. Sin embargo, el comportamiento no fue igual para todos: frente a diciembre de 2025, el empleo no asalariado aumentó 2,9 %, mientras el asalariado cayó 0,8 %, según cifras citadas del Banco de la República.
No significa que los colombianos estén abandonando en masa el empleo tradicional. Sería exagerado afirmarlo. Lo que sí parece estar ocurriendo es que otras formas de trabajar —como el ejercicio independiente y la contratación— están ganando espacio dentro de un mercado laboral cada vez menos predecible.
Y aquí aparece una pregunta que va mucho más allá de las estadísticas: ¿seguimos preparando a las personas para tener un empleo o para construir una carrera?
La diferencia no es menor. Un empleo puede terminar. Una carrera, en cambio, debería ser capaz de continuar, incluso cuando cambia la empresa, el sector, el cargo o la forma de contratación.
Andrés Díaz-Granados, cofundador de T-mapp, lo resume al señalar que la carrera profesional ya no necesariamente se construye de manera lineal. Una experiencia puede convertirse en conocimiento, criterio y capacidades que posteriormente adquieren valor en otra compañía, en otro sector o incluso en un proyecto propio.
Esa idea obliga a cambiar una vieja pregunta.
Durante mucho tiempo preguntamos: “¿Dónde trabaja?”
Quizás deberíamos empezar a preguntar: “¿Qué sabe hacer?”
Porque el nombre de una empresa en una hoja de vida puede abrir una puerta, pero difícilmente garantiza que esa puerta siga abierta mañana. Las capacidades, en cambio, tienen la posibilidad de acompañar a una persona a través de diferentes escenarios.
Los ingresos también muestran que el fenómeno merece una lectura cuidadosa. A mayo de 2026, los ingresos laborales reales por hora aumentaron 21,1 % anual entre los asalariados y 15,3 % entre los no asalariados. El propio Banco de la República advierte que estos resultados pueden estar relacionados, entre otros factores, con cambios en la composición del empleo y en las horas trabajadas. fileciteturn0file0L26-L30
Es decir, tampoco conviene caer en la tentación de presentar el trabajo independiente como la nueva tierra prometida. No lo es.
De hecho, hay una contradicción que Colombia todavía tiene pendiente resolver. Mientras crecen las formas no asalariadas de trabajo, la informalidad sigue siendo elevada: 54,6 % de las personas ocupadas se encontraban en condición de informalidad entre mayo y julio de 2026. En los centros poblados y zonas rurales dispersas, la proporción llegaba al 83,2 %, según el DANE.
Por eso, hablar del futuro del trabajo no puede convertirse simplemente en una celebración del emprendimiento, del trabajo independiente o de la flexibilidad laboral.
También hay que hablar de estabilidad, protección social, ingresos suficientes y posibilidades reales de crecimiento. Porque no es lo mismo elegir ser independiente que verse obligado a serlo. Esa distinción resulta fundamental.
Al mismo tiempo, la tecnología está acelerando el cambio. El Barómetro Global de Empleos en IA 2026 de PwC señala que las habilidades requeridas en los trabajos más expuestos a la inteligencia artificial evolucionan al doble de velocidad que en los empleos menos expuestos. Y en los cargos junior con mayor exposición a IA es siete veces más probable encontrar requisitos de habilidades tradicionalmente asociadas con posiciones senior.
El mensaje parece claro: el título profesional ya no puede ser el punto final del aprendizaje.
Tampoco basta con acumular años de experiencia. Lo que empieza a tener mayor valor es la capacidad de aprender, desaprender y volver a aprender; de trasladar conocimientos de un contexto a otro; de resolver problemas diferentes y adaptarse a escenarios que hace apenas unos años ni siquiera existían.
Para las empresas, esto implica mirar al talento más allá del cargo que aparece en una hoja de vida. Para los trabajadores, supone asumir una responsabilidad diferente sobre su propia trayectoria. Y para las instituciones educativas, plantea una pregunta incómoda: ¿estamos formando personas para los empleos de hoy o para los trabajos que todavía no existen?
Quizás el gran cambio no sea que el empleo no asalariado esté ganando terreno. El verdadero cambio está en que la idea misma de carrera profesional está dejando de ser lineal. Ya no necesariamente se trata de subir una escalera.
Puede tratarse de moverse, cambiar de dirección, aprender algo nuevo, comenzar un proyecto, regresar a una organización o combinar varias actividades.
El desafío está en que esa movilidad no signifique precariedad. Colombia necesita un mercado laboral capaz de ofrecer libertad sin abandonar la protección, flexibilidad sin informalidad y oportunidades de aprendizaje sin convertir toda la responsabilidad en el trabajador.
Porque al final, la pregunta más importante ya no parece ser dónde trabajará una persona durante los próximos diez años.
La pregunta es otra, mucho más exigente: ¿Qué será capaz de hacer cuando esos diez años hayan pasado?



